Hace unos pocos años tuve el privilegio de realizar un artículo acerca del “Sumak Kawsay” o “Buen Vivir” en un libro sobre la nueva constitución ecuatoriana, coordinado por Alberto Acosta y Esperanza Martínez. En ese momento el movimiento social ecuatoriano y su nuevo gobierno representaban una gran esperanza latinoamericana, y mundial, de que por fin, muchos ideales precisamente de “buen vivir” –no centrado sólo en la lógica capitalista- pudieran empezar a ver un mayor “principio de realidad” en un orden social concreto. El propio gobierno ecuatoriano de Correa, del 2007a agosto del 2013, daba razón de esta búsqueda coherente, con lo suscrito en la carta constitucional, al defender “dejar el petróleo enterrado sin explotar” a cambio de una compensación internacional por el 50% de los beneficios que la nación obtendría con enlas explotaciones. Pero algo cambió el 15 de agosto del 2013, fecha trágica para los pueblos waorani, tagaeri y taromenane de la “zona intangible” del bloque 43 del Yasuní, para el pueblo ecuatoriano, para toda la biodiversidad de flora y fauna, de riquezas naturales allí existentes…para toda la especie humana.